Hoy, pero como ayer... Amar en el siglo XXI

26.03.2013 12:20

Nunca fui bueno para escribir historias de amor, tal vez porque no se nada, o porque crecí en una época en que los divorcios son moneda corriente, junto con juicios por divisiones y abogados trabajando por tenencias y cuotas de alimento. Tal vez el amor se transformó en enamoramiento y siempre una excusa hace que un mensaje confuso en el teléfono derive en una discusión y eso lleve al insulto, que será el inicio del fin de una relación que nunca debió haber comenzado.

Aristóteles afirmaba que el objetivo del hombre siempre fue la búsqueda de la felicidad, y las publicidades nos enseñan día a día que la forma más rápida de alcanzarla está en el auto más lujoso, el celular más caro, la ropa de marca, el perfume francés, la navegación más rápida de Internet, el televisor más grande, etc. En síntesis, el ser humano exitoso, rodeado de cosas que pronto tendrá que cambiar porque van a estar viejas, pasadas de moda; y parece ser la misma forma que se le da al amor; hay que cambiar de pareja, renovarse, no va más. El otro juega un papel secundario en la búsqueda de la felicidad, si tenés el poder económico viene solo… Alguien me dijo una vez que cuando la miseria entra por la puerta el amor se va por la ventana, ¿entonces cuando la riqueza está adentro, el amor entra por todos lados?

 

Tomás Rodríguez despertó después de una noche más, a su lado descansaba su esposa Teresa Malacalza, la saludó con un beso y le dio los buenos días, acarició su rostro marcado por el tiempo y vio que ya no era el mismo de hace 62 años; pero él tampoco estaba igual, sin embargo el amor entre ambos sí, como si aquel primer beso en los galpones del ferrocarril nunca hubiera pasado de moda…

 

Por el año 1949, en pleno auge del desarrollismo y la industrialización, en el país y en el campo aun vivían muchas familias; y en la estancia ubicada cerca de la estación Casey, partido de Guaminí, trabajaba de mensual Tomás, un muchacho de 22 años al que no le importaban los celulares con WiFi ni las redes sociales cuando vio por primera vez a Teresa, una chica de 14 años que era hija del puestero y vivía ahí desde hacía 6 años. Sus ojos quedaron iluminados por la belleza de la muchacha, y supo que el trabajo de conquistarla no iba a ser fácil.

Teresa, lejos de sentir lo mismo en ese momento, había fijado sus ojos en uno de sus cuatro hermanos, que era menor que él. Pero esto no detuvo al joven Tomás, que habiendo entablado amistad con un hermano de Teresa, aprovechaba las visitas a tomar mate para verla e intentar entablar alguna conversación.

En el siglo XXI, y con la ayuda de la tecnología, los enamorados dan el primer paso enviando un mensaje de texto, con el Facebook o el Twitter, y son datos que son fáciles de conseguir y muchas veces mantener el anonimato; en los años 50 había que esperar al baile, animarse a cruzar la pista y sacar a bailar a la hija delante de su madre, luego las insinuaciones de lo que se pretendiera debían hacerse cara a cara.

Así fue que Tomás, con un trabajo de hormiga, consiguió poco a poco ir enamorando a quien fuera la Reina de la Primavera en una oportunidad. Hasta esa noche maravillosa de 1950, en el baile de Casey en los galpones del Ferrocarril. Bailaron como lo hacían habitualmente, delante de sus padres, pero cuando la velada llegaba al final, y ante un descuido de la guardia materna, quedaron solos a un costado del galpón, donde un árbol daba sombra y ocultaba sus siluetas, el pulso y corazón de ambos pareció acelerarse de pronto cuando se besaron. Aunque fue algo corto porque ella debía volver adonde pueda ser divisada, fue inolvidable para la pareja.

Después de un año de verse a escondidas Tomás sintió que era hora de oficializar, así es que aceptó la invitación a cenar a la casa de los padres de ella y les pidió la mano de su hija para poder estar juntos sin tener que esconderse.

En otras épocas las madres daban consejos a sus hijas, que a veces se transformaban en órdenes; Teresa no borraría nunca más las palabras de su mamá cuando la llamó aparte después de esa noche…

- Ahora tenés novio oficial, y tenés que andar siempre arreglada cuando venga a visitarte.

4 años más tarde, el 24 de agosto de 1954, se comprometieron; el 24 de marzo del año siguiente se casaron por civil y al otro día por iglesia, fiesta que continuó en la estancia, donde no faltó baile y orquesta.

En 1960 Tomás aceptó una propuesta de trabajo en la estancia La Graciana, ubicada en el límite entre Bolívar, Daireaux y Olavarría; y la pareja dejó un lugar donde tenían todas las comodidades que se podía esperar en el campo, le traían leña hecha, leche, tenían el pueblo cerca, etc. para pasar a un lugar donde casi no había caminos, no tenían movilidad y parecían estar en el medio de la nada, con un niño de 4 años y a la espera del segundo. Los vecinos del lugar aseguraban que no durarían más de un año ahí, pero cuando el amor es más fuerte supera todas las barreras, y un año pueden ser 33.

Los primeros tiempos fueron difíciles, los chicos enfermaban y el pueblo más cercano era Recalde, donde a veces iban a buscar los medicamentos pero volvían con las manos vacías porque no los conseguían. Pasaron noches sin dormir cuidando a los niños, al otro día Tomás debía cuidar cerca de 10000 ovejas…

Sin duda uno de los momentos más difíciles en La Graciana fue en la década del 80, cuando la lluvia provocó uno de los desastres naturales más tristes de nuestra zona.

Pasaron ese tiempo asistidos por aviones que les tiraban revistas, diarios, bolsas con pan, paquetes con harina que explotaban en el piso y remedios para Jorge, uno de sus hijos que luchaba contra una terrible tos.

El llamado por radioteléfono del patrón, que desde el aire había divisado que el agua avanzaba, y la rápida resolución de enviar un pequeño avión para que los rescate fue uno de los momentos en que la unión se hizo más fuerte…

Un día de sol espléndido Marchessi aterrizó en el único lugar donde había tierra firme, un pequeño espacio junto a la manga. Debido al poco espacio de la avioneta, tuvieron que subir de a uno y con sólo un bolso. Graciela, la menor de los hijos, desistió de llevar un bolso para no abandonar a su mascota a la suerte del agua que avanzaba a pasos agigantados. El último en dejar la casa fue Tomás, como si fuera un capitán de barco.

El piloto los dejó en San Adolfo, y de ahí fueron en camioneta hasta Urdampilleta, el vehículo levantaba polvo en el camino, pero doce horas después, ese recorrido era sólo agua.

Sus hijos se transformaron en padres y ellos en abuelos, siguiendo el mismo camino de amor y unión. En 1987 Tomás se jubiló, pero no se resignó a abandonar La Graciana y trabajó 6 años más, hasta que finalmente se mudaron a su casa en la calle Belgrano, época en la que albergaron a Pablo, uno de sus nietos que comenzaba el secundario en Urdampilleta.

En algunos casos la jubilación transforma poco a poco a los hombres en estacionarios, sin proyectos, una etapa en la que comienza a consumirse a uno mismo. Sin embargo, lejos de eso, encontraron en el arte su manera de mantener la actividad constante, y renovarse día a día.

Teresa desarrolló su pasión por la música, la poesía, el teatro y las artesanías; Tomás se dedicó a la soguería y siguió relacionado con el campo atendiendo su quinta, yendo en un Fiat 147 blanco que pudo comprar después de más de 40 años trabajando; pero para que un amor no muera debe haber pasiones compartidas, y ambos aman el baile, así que practicaron tango y folclore…

 

Tomás se levantó de la cama y sintió un pequeño dolor a causa de tantas horas de bailar folclore con Teresa el día anterior, pero no le importó a pesar de sus 87 años, esa era parte de su alegría diaria. Ella lo miró desde la cama y sonrió al ver que estaba junto a la persona que amaba, pero también porque sabía que era domingo, la familia vendría a almorzar y “La Bicha”, como le dicen sus nietos y bisnietos, cantarían con ella mientras “los grandes” hacen sobremesa, como en aquellas épocas en las que los juntaba debajo de un árbol a cantar “Zamba de mi esperanza”.

 

Tal vez el amor, así como muchos aspectos de este siglo, sufrió una metamorfosis necesaria, se adaptó a la velocidad y hoy requiere ser directo, conciso, desconoce de burocracias y religiones, es simple. Tal vez tenga que ver con la independencia que merecidamente ganó la mujer en la vida social y hoy dejó de ser sumisa y agachar la cabeza ante algunos atropellos del hombre, para ser una mujer de toma de decisiones. ¿Pero quién soy yo para juzgar cuál forma de amar debe ser la correcta? Simplemente me emociono cuando escucho historias como estas que perduran y se renuevan con el tiempo, que con 62 años de estar juntos siguen adelante, amándose día a día. ¿Cómo no emocionarse? Si al fin y al cabo el ser humano es un idealista que vive soñando encontrar ese otro para toda la vida, aunque en el camino se encuentre con obstáculos que le demuestren que está equivocado, “sirven de experiencia” dicen, y duele, pero seguimos adelante, porque nada ni nadie debe detener nuestros sueños.

Lisandro Przewolka