Allá, en los límites del olvido

21.04.2013 14:20

A finales del siglo XIX, Juan Francisco Ibarra, un comerciante de casi 40 años muy adinerado de la zona de 25 de Mayo que poseía casi 50.000 hectáreas, conoció a una muchacha de 17 años llamada Paula Florido, hija de alfareros y de origen humilde. Algo que poco le importó a Juan, que se enamoró perdidamente de los encantos de esa morocha adolescente. Al poco tiempo se casaron y, en un matrimonio que duró 8 años por el fallecimiento del terrateniente, tuvieron 5 hijos: 4 mujeres y un hombre, Juan Francisco Ibarra y Florido, el mayor y único de los hermanos que sobrevivió, inexplicablemente, a una sucesión de hechos que dejaban sin vida a los integrantes de la familia Ibarra y Florido.

La vida de Paula no fue fácil ni parca en emociones; viuda y con una fortuna, dedicó su vida a algunas de sus pasiones, como coleccionar arte, viajar y cultivarse en literatura. Mientras tanto, su hermano administraba los campos de la zona y le enviaba el dinero.

En sus viajes por Argentina conoció a un periodista gallego, se casó y tuvo una hija. Este segundo matrimonio fue muy breve, no duró más de tres años, ya que su marido también falleció. Viuda nuevamente se unió a Pedro Gache, con quien tendría otro hijo, aunque este último matrimonio correría la suerte de los anteriores.

A los 47 años, después de haber enviudado por tercera vez, viajando por Europa conoció a José Lázaro Galdiano, quien afirman que sería el gran amor de su vida. La fortuna que poseían y el amor de ambos por el coleccionismo los llevó a construir un palacio que sería la residencia familiar en Madrid, hoy llamado el “Parque Florido”, un museo que se reinauguró en el 2004 y que exhibe una de las colecciones privadas más importantes de toda Europa.

En 1932, y antecedida por los 2 hijos que traía de sus anteriores parejas, falleció en España, Paula Florido.

Juan Francisco, el hijo del primer matrimonio de Paula, tenía un apoderado, que era dueño de un almacén de ramos generales, Ángel Vivanco. El joven Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y, al igual que su madre, también se dedicó a viajar, lo que le proporcionó muchas ideas europeas de ciudades. Se casó e iba a tener una niña y, como si fuera obra de una maldición que perseguía a la familia Florido, en el parto murió la mujer.

Aunque no hay una fecha exacta de la primer fundación y de las primeras casas de adobe que ahí existían, se cree que fue por 1910. Pero en 1947, Juan F. Ibarra refundó el pueblo que llevaría su nombre y el de su padre. Lo hizo construir con las ideas que trajo de sus viajes y un diseño particular que se cree fue copiado de una campiña francesa donde él había estado. Tiene una medialuna en el centro con las calles que confluyen en esa medialuna, donde cada casa del pueblo fue pensada para una función específica, para ser ocupada por un trabajador particular. Todo lo que requería un poblador lo tenía en Ibarra: la carnicería, la panadería, el taller mecánico, la zapatería, la casa del médico, la farmacia, el correo, etc. Aunque finalmente muchas de esas casas no llegaron a cumplir la función para las que estaban pensadas.

La historia parecía olvidada, como el pueblo a pocos kilómetros entre Urdampilleta, Bolívar y la Ruta 65; que era recordado sólo por su equipo de fútbol del torneo rural y una fiesta tradicional como la del chorizo seco. Sin embargo, dos jóvenes muchachas apostaron a un proyecto tan ambicioso como arriesgado, pero lleno de fe y una visión turística que volvería a traer “vida” a la localidad, junto con una leyenda que no debería irse de la memoria de sus pobladores…

 

Emilia Susperreguy nació en Azul y vivió muchos años en Olavarría, su familia materna era de Bolívar y a los 17 años volvió a la ciudad, donde ella terminaría el secundario, aunque más tarde iría nuevamente a Azul para estudiar Turismo. Romina Medina nació en Bolívar y también se trasladó a Azul a estudiar la misma carrera. El destino quiso que en el segundo año de cursadas se encontraran y entablaran una gran amistad, fortalecida por varias coincidencias que las llevarían a emprender un proyecto en común; sus madres no sólo se conocían sino que habían sido amigas en su adolescencia, y ambas eran habitué de la zona, participando en los famosos bailes de Ibarra y siguiendo de cerca el Fútbol Rural, un evento siempre compartido por diferentes familias. El amor por el campo sería la clave para lo que vendría…

Ya con la carrera consumada, después de 5 año, con tesis incluída, presentaron un proyecto de Turismo en la Municipalidad y rápidamente consiguieron que sea aceptado. Pero sabían que no hay nada más satisfactorio que un emprendimiento propio; así es que entre asado y amigos surgió la conversación que daría inicio a “La Picarona”.

- Deberíamos armar algo propio para fomentar el turismo rural…

- Sí es algo que se viene dando en diferentes pueblos, yo había pensado en Ibarra o La 14, porque nuestros abuelos eran de por ahí.

- Ibarra es un pueblito con mucho potencial.

- Una casa de campo, un alojamiento rural tipo cabañita, ¿qué te parece?

- Genial.

Fueron hasta Ibarra y lo encontraron diferente a su recuerdo, las casas estaban abandonadas, deterioradas, los pastos largos, menos gente circulando, y la distribución estaba lejos del ideal que había planificado Juan Francisco hijo; pero eso no las detuvo, averiguaron con los vecinos de la zona para intentar encontrar alguna casa en alquiler, y después de varias vueltas consiguieron un terreno que tenía una de las casas originales del pueblo. Sus amistades afirmaban que era una locura y eran el centro de la burla en las reuniones: “van a alojar a las vacas cuando llueva”.

Cuando tuvieron la propiedad comenzaron a imaginar cómo sería el alojamiento, pero luego de acordar con el dueño se llevaron la sorpresa de que no era sólo la casa, sino que en el mismo lote estaba incluida la vieja estación de servicio, un lugar muy venido a menos donde habían criado pollos, ovejas, la capa de tierra formaba un grueso colchón, carecía de vidrios, etc. Sin dudarlo, se sacaron el traje de jóvenes finas y delicadas y se pusieron a limpiar el lugar, cortando yuyos, arreglando como podían...

- Che, ¿a vos no te pica el cuerpo?

- Sí, no sé de qué pero me pica todo…

Emilia y Medina supieron lo que siente un perro cuando desesperadamente se rasca con su pata cualquier parte de su cuerpo. Las pulgas habían encontrado dos nuevos cuerpos…

Y siguieron adelante, contando en todo momento con el apoyo de sus padres que las ayudaron matando hormigas, haciendo pozos, cortando el pasto, rasqueteando, pintando, etc. Cada paso que daban en el arreglo del lugar era una sensación de avance, de alivio, de alegría, se sacaban fotos y continuaban. En Julio de 2010 todo se enfocaba en el Alojamiento…

Aunque esta idea nunca desistió y siguen trabajando en eso, se dieron cuenta, mientras arreglaban el lugar y conocían la historia de Paula Florido y Juan F. Ibarra, que iba a ser más rápido sacar a flote la casa de picadas; y casi sin querer surgió el nombre que hoy lleva el restaurante

La apuesta había sido tan fuerte al emprendimiento que pasaron las vacaciones de ese verano, después de dejar todo casi listo, durmiendo en la camioneta, porque el dinero que debía haber sido para el Hotel estaba esperando en un restaurante ubicado en un pueblo Rural.

Finalmente, el 12 de febrero de 2011, con ansias y nervios, abrieron las puertas de La Picarona. Un lugar dónde no van sólo de Bolívar, Urdampilleta, Pirovano, etc. Sino que los mismos habitantes, también aprovechan el nuevo espacio que se ha creado y sienten como propio, acompañado de una frase que saca una sonrisa pero a la vez llena de orgullo.

- Están saliendo a comer afuera en Ibarra…

 

Emilia y Romina son dos muchachas que, cuando uno las ve, es difícil imaginarlas haciendo todo lo que requirió el local, pero como ellas afirmaron: “si no nos ayudaban nuestros viejos, lo íbamos a hacer igual, hubiéramos tardado mucho más, pero no nos íbamos a detener”. Aun hoy, después de más de 2 años con el emprendimiento se las nota entusiasmadas, llenas de vida y más proyectos para el lugar.

“Sabemos que viene dándose una tendencia hacia el turismo rural, el turismo de los pueblos, el turismo comunitario, como en Tomás Jofré, Carlos Keen, Villa Logüercio, Uribelarrea, etc. son todos pueblos que tienen muy poca gente viviendo, pero que el fin de semana estallan de gente, hay mucho movimiento. No solamente hay restaurante, sino que hay casas de campo, lugares que venden artesanías, productos regionales, etc. Esa es nuestra idea a futuro para Ibarra. Que no sólo sea un lugar para ir a comer, sino que se pueda dar un paseo y conocer la historia”.

- Hoy en Bolívar el Turismo todavía no está bien desarrollado, es una actividad que tiene muchísimo para crecer.

- ¿Cuántos habitantes hay hoy en Ibarra?

- Alrededor de 20 personas, más o menos.

- Hoy por hoy, ¿qué otra cosa se les ocurre que podrían funcionar en un pueblo como Ibarra?

- Por ahí otro espacio gastronómico, o casa de té. Hay una tendencia a invertir en las zonas rurales. Hay mucha gente que está comprando y haciéndose una casa de fin de semana; ya quedan pocos terrenos para vender. Los domingos hay movimiento de gente en Ibarra, eso pasa porque la gente empieza a volver al campo.

- ¿La forma de salvar estos pueblos es a través del Turismo?

- Sí, es una de las formas, porque no hay otras actividades que generen trabajo en esos pueblos, salvo que tenga un campo. Urdampilleta y Pirovano, aunque son más grandes, también tienen mucho para ofrecer en Turismo, son pueblos con historias interesantísimas. Hoy mucha gente prefiere, antes de ir a la playa o la montaña, conocer cómo vive la gente en el campo, relacionarse, estar con los animales, que le cuenten historias, etc.

 

Muchas veces no nos damos cuenta de lo que tenemos y lo primero que hacemos es criticar: “este pueblo no tiene nada, de acá hay que irse”. Pero dos chicas, con una visión diferente, demuestran que se puede apostar a un pueblo mucho más chico que los nuestros, sólo hace falta coraje y pasión. Y no esperar que una gran fábrica desde afuera venga a salvarnos…

Lisandro Przewolka